Releyendo «El guardián entre el centeno» en Nueva York

Este invierno estuve por primera vez en Nueva York. Fueron apenas cuatro días que mi marido y yo disfrutamos sin impacientarnos, con la seguridad de que algún día tendremos la oportunidad de volver, para visitar o hacer aquellas cosas que nos quedaron pendientes por falta de tiempo. Allí coincidí con mis amigas Jo y Sonia de Vancouver, que también pasaban unos días en la ciudad de vacaciones y su amigo David, un neoyorquino de pura cepa que nos llevó a algunos restaurantes interesantes de la ciudad. También coincidí con Luna, mi querida amiga de la universidad y Natalia y su hermana Marcela, amigas del colegio. Nueva York es una de esas ciudades en las que es difícil no conocer a alguien. Además la he visto en tantos libros, imágenes y películas, que me sentí como en casa desde el primer momento.

Nueva York 1

Subway

Durante mi visita releí El guardián entre el centeno de J.D. Salinger, que no leía desde hacía al menos doce años. Fue un placer pasear por las calles de Nueva York de la mano de Holden Caulfield (aviso: los que no hayáis leído la novela dejad de leer aquí porque voy a destripar el libro) y entrar en su mente y su mundo como lo hacen los psiquiatras que le están evaluando. Holden es un adolescente sensible y muy inteligente, y como lectora engancha seguir sus peripecias e intimidades contadas en primera persona, con su particular estilo coloquial y sencillo. Sus continuas digresiones nos ayudan a ir vislumbrando poco a poco, tras una apariencia dura, la personalidad vulnerable de Holden. Una se pregunta si después de todo aceptará la realidad y superará la depresión por la que pasa. Yo creo que sí lo conseguirá, porque al final de su relato se ve una evolución, al dejar de mostrar tanta aversión e indiferencia ante la gente que lo rodea, como muestra en el último párrafo de su narración:

«De lo que estoy seguro es de que echo de menos en cierto modo a todas las personas de quienes les he hablado, incluso a Stradlater y a Ackley, por ejemplo. Creo que hasta al cerdo de Maurice le extraño un poco. Tiene gracia. No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo».

Holden tiene un miedo tremendo al cambio y a la transición a la vida adulta, y durante toda la novela le vemos resistirse a crecer. Uno de los símbolos que más se repiten en la obra es el del lago de Central Park. Holfield se pregunta en varias ocasiones qué será de los patos del lago cuando se congela en invierno:

«Lo gracioso es que mientras hablaba estaba pensando en otra cosa. Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park, cerca de Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adonde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta».

Lago Central Park 2

Creo que lo que simbolizan los patos es todo lo que Holden valora y ha ido perdiendo (su hermano Allie, su ingenuidad…) y el lago representa el paso del tiempo. Holden expresa en varias ocasiones su miedo a desaparecer y necesita que alguien (un adulto), le confirme que los patos volverán al lago en primavera. Necesita saber que no todo lo que se va lo hace para siempre; y sólo podrá madurar cuando se convenza de ello.

Tengo malísima memoria para los libros y las películas. A menudo olvido la historia, aunque (al menos) siempre recuerdo si me gustó o no. Había olvidado los detalles de El guardián entre el centeno, pero recordaba que me impactó mucho su lectura a los quince o dieciséis años. Seguramente me veía reflejada en ese personaje al que le da vértigo crecer y se resiste al cambio, igual que se han visto reflejados millones de adolescentes desde que se publicara la obra en 1951. El crítico literario Harold Bloom, sin embargo, lo considera «un libro de época, que seguirá siendo importante por algún tiempo pero luego perecerá». Yo me resisto a pensar que así sea.

Volvimos a Montreal en tren. La atmósfera melancólica del entorno era perfecta para terminar las últimas páginas del relato de Holden Caulfield. Lo curioso es que los lagos helados eran una constante en el paisaje, como lo eran en el libro. Y yo me preguntaba, mirando por la ventana, adonde habrían ido a parar las cosas y las personas que desaparecieron de mi vida.

«—¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno? (…)

—¿Cómo quiere que lo sepa? —me dijo—. ¿Cómo quiere que sepa semejante estupidez?»

Casita lago

Pincha aquí para ver la serie completa de fotos que hizo Juan desde el tren.

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Los Ángeles

Siempre que he ido a Los Ángeles ha sido en viajes relámpago. Allí viven nuestros queridos amigos Gabi y Ana y además está relativamente cerca de Vancouver, donde viví con mi marido durante un par de años, así que cualquier excusa era buena para hacerles una visita rápida.

La primera vez que estuve en la ciudad fue precisamente para acompañarles en su boda, una celebración informal en el encantador jardín de su casa, en el barrio de Los Feliz. Enseguida me enamoré del ambiente que se respiraba en aquel lugar: me sorprendió descubrir que, como Gabi y Ana, casi todos sus amigos habían viajado hasta Los Ángeles persiguiendo el sueño de establecerse como artistas.

Boda Gabi y Ana

Gabi es un músico maravilloso y Ana una actriz con muchísimo talento, aunque ambos complementan sus carreras artísticas sirviendo mesas, dando clases particulares y cuidando niños para llegar a fin de mes. No hay nada que respete más que a una persona que se empeña en convertir su pasión en su profesión, a pesar de los obstáculos que ello conlleva. Hay dos tipos de personas en este mundo: las que viven amando lo que hacen y las que viven aceptándolo. Desafortunadamente, demasiada gente pertenece al segundo grupo, por eso Los Ángeles me resulta tan inspirador. Sin duda mis visitas a LA me han influenciado a la hora de decidirme a apostar por la escritura (¡en ello estoy!).

Mucha gente me previno de la contaminación de la ciudad, el constante tráfico, las grandes distancias y las abrumadoras diferencias sociales… Y sí, Los Ángeles es todo eso. Pero me quedo con sus habitantes soñadores, el excelente sushi que probé en Little Tokyo, el descubrimiento de Abelardo Morell en el museo Getty, el colorido desfile de Nuvula en la semana de la moda o el golpe de las olas de la playa de Malibú. También con todo lo que me queda por conocer y experimentar en esa ciudad, a la que sin duda volveré algún día, aunque ya no me quede tan a mano.

En otra ocasión nos fuimos los cuatro de acampada al parque nacional de Joshua Tree, a unas dos horas en coche de la ciudad. Es una zona desértica, característica por albergar una especie de cactus que sólo se encuentra allí y que da nombre al parque. Nunca había presenciado atardeceres tan rojos, ni había visto a la luna aparecer lentamente, inmensa, por detrás de las montañas (lo que denominamos “alunecer”), ni había observado la vía láctea de manera tan precisa sin un telescopio. Fue una experiencia realmente mágica, donde todos hallamos muchas respuestas. Incluso sirvió de inspiración a Gabi para escribir el tema “California Skies”, que ya se ha convertido en la banda sonora oficial de mi recuerdo.

Joshua Tree

Y… no hay nada más reconfortante después de dormir un par de noches en medio del desierto que darse un baño relajante en Desert Hot Springs. Además, tuvimos la suerte de caer en un hotelito muy recomendable, donde pudimos aislarnos del mundo en sus piscinas de aguas termales.

cactus

La última vez que fuimos a Los Ángeles acabamos metidos en una cabaña de madera en Idyllwild, un boscoso pueblo escondido en las montañas de San Jacinto, donde Juan grabó espontáneamente a Gabi tocando su tema “Man in Pain”. Fue una semana productiva pero extraña. Mi marido acababa de perder su trabajo y no sabíamos qué iba a pasar a la vuelta del viaje, así que la tensión fue inevitable. En esos momentos es cuando uno agradece estar rodeado de amigos de toda la vida, con los que no hay que fingir estar bien, ni medir las palabras (aunque sea a su pesar).

Sorpresas te da la vida

Hace ya más de un mes que abrí este blog y he hecho caso omiso a mis propias palabras. Soy muy dada a formular teorías de todo, convertirme en seguidora acérrima de las mismas y luego olvidarme de ellas para siempre.

Aunque he tenido razones de peso para descuidar este blog: el estudio de animación 3D en el que trabajaba mi marido en Vancouver cerró inesperadamente cuatro días después de que yo abriera esta página. El tema fue tan sonado que hasta salió en los medios. Como teníamos comprados unos billetes a Los Ángeles desde hacía algún tiempo, decidimos irnos de viaje a pesar de todo. Total, la última semana en la oficina iba a ser de lo más deprimente.

A la vuelta de California, Juan tuvo varias entrevistas de trabajo y en cuestión de un par de semanas decidimos que nos mudábamos a Montreal, donde va a trabajar en una peli sobre “El Principito” que tiene muy buena pinta. Hemos llegado hace una semana y estoy escribiendo desde nuestro apartamento temporal de Airbnb, un pequeño estudio en el barrio montrealés de Le Plateau.

Una noche te acuestas pensando que tienes todo bajo control y a la mañana siguiente se pone todo tu mundo patas arriba. ¡La vida te coloca cada día en un sitio! Nosotros decidimos dejarnos llevar y repasar ilusionados nuestra lista de sueños pendientes: construir una casa con nuestras propias manos, dar la vuelta al mundo o crear una empresa fueron algunas de las opciones que barajamos. Al final, la idea de mudarnos a la otra costa de Canadá no parecía tan descabellada.

Mapa

De todos modos, el proyecto acaba en agosto de 2014 y nuestra intención es ahorrar para cumplir el sueño de hacer un gran viaje juntos por el mundo. Aunque si algo he aprendido con todo esto es que hacer planes a largo plazo es como pedir un deseo al soplar las velas en tu cumpleaños: por mucho que lo quieras, no puedes tener la certeza de que se vaya a cumplir.